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Terrorismo en mi patio



El fin de semana antepasado, justo antes de las cuatro de la mañana, me desperté sin razón aparente. Unos minutos más tarde, mi hijo de 5 años entró en mi habitación para decirme que le molestaba el ojo. Medio dormida, le preparé rápidamente una compresa caliente para ponérsela en el ojo y le pedí que se fuera a acostar en su cama. Pero esta vez me dijo que tenía miedo (algo que nunca hace), y como estaba muy cansada y mi marido estaba fuera de la ciudad, le dije que podía dormir en nuestra cama (algo que nunca hago).

Cuando ya casi me estaba quedando dormida, escuché un escándalo afuera. Al principio pensé que el hijo adolescente de un vecino había vuelto a su casa tardísimo. Entonces, de reojo vi que mi teléfono celular estaba parpadeando con mensajes. Mis amigos y yo tenemos un grupo de WhatsApp, en el que citamos repetidamente el libro de los Salmos todos los días. Vi que muchos de mis amigos estaban despiertos citando los Salmos… ¡a las 4:15 de la mañana! Así que envié un mensaje al grupo y les pregunté por qué todo el mundo estaba despierto. Y fue entonces cuando me enteré.

En nuestro pueblo se había infiltrado un terrorista. No sólo eso, sino que la suposición era que estaba en algún lugar de la calle donde vivo. Repetí algunos Salmos e hice algunas respiraciones profundas.

Entonces vi los mensajes del alcalde y de nuestro personal de seguridad, en los que declararon que se trataba de una verdadera violación de la seguridad y recomendaron que todos permanecieran a salvo en el interior de sus casas. Bajé las escaleras rápidamente para comprobar que todas las puertas y ventanas estaban cerradas y las cortinas desplegadas. Encendí todas las luces de afuera, para que mi propiedad no se convirtiera en un escondite ideal. Gracias a Dios, mis cuatro hijos aún dormían.

“¡Los soldados están aquí!”

¿Qué hace uno después? ¿Qué habría hecho usted?

Las dos horas siguientes las pasé orando, enviando mensajes a mi familia en Estados Unidos, a mi mejor amiga que vive al frente y cuyo marido también estaba en el extranjero y buscando las últimas noticias. Alrededor de las seis de la mañana, nos enteramos de que habían encontrado al terrorista. Estaba escondido a menos de un minuto de mi casa cuando saltó de atrás de un arbusto y apuñaló a un soldado en el estómago, hiriéndolo de gravedad. En cuestión de segundos, hubo disparos y se “neutralizó” al terrorista; es decir, las Fuerzas de Defensa de Israel le dispararon para detenerlo, pero no para matarlo. Por supuesto, quedaba todavía la pregunta: ¿había algún otro terrorista?

Mis hijos empezaron a despertarse para ir a la escuela. Primero, como de costumbre, mi hijo de 5 años quería bajar las escaleras para desayunar. Pero yo todavía estaba tratando de averiguar por teléfono lo que estaba pasando y si las escuelas iban a abrir. Le dije que mirara hacia afuera, porque podría llegar a ver algunos camiones del ejército, ya que habían estado pasando montones de ellos durante horas por nuestro barrio. Mi hijo vio un vehículo del ejército y se emocionó, tal como lo hacen los niños de 5 años de edad.

Pasaron unos minutos mientras él continuaba observando. Entonces exclamó: “¡Mami, los chayalim [soldados] están aquí!” “Eso es genial, cariño”, le contesté. “¿Viste otro camión?” Pero mi hijo respondió: “No, ¡ellos están aquí, en nuestra casa!” Entonces miré hacia afuera, ¡y vi a cuatro soldados con sus fusiles registrando mi propiedad!

Asombrada, abrí la ventana y uno de los soldados me preguntó si todos estábamos bien. Logré tartamudear que lo estábamos y le pregunté si era cierto que habían atrapado al terrorista. El soldado me aseguró que sí y me deseó un buen día. Le deseé un buen día también. El intercambio fue como si estuviéramos en la tienda de comestibles, dos clientes escogiendo pepinos. Pero no era así. Aquella era mi casa y por donde ellos caminaban con las armas apuntando en todas direcciones, eran los juguetes y la bicicleta de mi hijo.

Cuando se despertaron mis otros hijos, los dos estaban nerviosos por todo el asunto, pero contentos de que existía la posibilidad de que no hubiera clases, como sucede en un día de nieve. Se cancelaron las clases y luego ya no. Los padres del barrio tenían que ir a trabajar, los niños tenían que ir a la escuela, y todos nos apresuramos para alistarnos mientras los vehículos del ejército y los soldados pasaban por nuestras casas. Dejé a mis hijos en la escuela con unos extra “los amo” y luego estábamos “de vuelta a la normalidad”.

Pero, por supuesto, no lo estábamos. Todos seguimos pensando en lo que había sucedido, y Dios no lo quiera, lo que podría haber sucedido.

La parte hermosa

Así que esa es nuestra historia. Es triste y preocupante; pero también hay una parte hermosa.

Tres cosas ocurrieron justo después de este incidente, que fueron maravillosas y que reflejan mucho la vida en Israel. Minutos después de que nos dijeran que todo estaba bien, los residentes de nuestro pueblo salieron a llevarles a los soldados bebidas calientes, bebidas frías e incluso galletas. La gente estaba muy agradecida por su ayuda, y no sólo lo pensaron, sino que también lo mostraron.

Un poco después, el hombre que vive en la casa donde se encontró al terrorista, anunció que por la noche habría una barbacoa en el mismo lugar donde ocurrió el incidente para celebrar la vida, dar gracias a nuestros soldados y expresar gratitud a Dios por el milagro que hizo por nosotros.

Por último, todos recordamos de forma muy profunda, lo que realmente importa en la vida. Todos se portaron aún más agradable el uno con el otro durante el resto del día. Todos nos dimos cuenta de que nuestras preocupaciones mundanas y pequeñas discusiones no eran nada. Tuvimos la claridad que este tipo de eventos provoca.

Nos dimos cuenta de que por mucho que nos guste sentir que tenemos el control, no tenemos el control. Y esto es cierto para todos. Nuestro evento terrorista coincidió con la bomba que estalló en Manhattan el pasado fin de semana. Sea que estemos en Nueva York, Israel o cualquier otro lugar, no tenemos el control; pero Dios sí lo tiene.

Este es el mes hebreo de Elul, durante el que nos preparamos para los próximos Días Más Sagrados de Rosh Hashaná y Iom Kipur. Cada día de este mes, nuestra costumbre es recitar el Salmo 27, que comienza así: “El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré?” Las palabras del salmista nos recuerdan que, si bien un desastre puede ocurrir en cualquier lugar, Dios nos puede proteger en todo lugar.

Durante este tiempo, también tocamos el shofar, la trompeta ritual, como un llamado diario a despertarnos. Se nos llama a recordar lo que es más importante. Se nos llama a cambiar y a mejorarnos a nosotros mismos, mientras nos acercamos a los Días Más Sagrados. Se nos llama a volvernos a Dios y reconocerlo como nuestro Rey.

Aquí en nuestro pequeño pueblo en las afueras de Jerusalén, cerca de la ciudad santa de Dios, todos recibimos un gran llamado a despertarnos, literalmente. Lo escuchamos fuerte y claro. Oro para que Dios nos escuche también; que él oiga nuestras oraciones por la seguridad, la protección y la paz en Israel y en todo el mundo.

 

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