Formato Para Imprimir »

Sustento para los ancianos



En Israel, el grupo que tal vez la pasa peor es la población inmigrante pobre y de edad avanzada. Estos ancianos llegaron a Israel al final de su vida y luchan día a día para salir a flote en una sociedad que les es ajena. Estos ancianos necesitados son también los más aislados de todos, ya que viven a miles de kilómetros de la cultura que entienden, sin poder comunicarse con las personas que les rodean, y a menudo están física o emocionalmente distantes de la familia.

El programa Yad LaKashish (que significa "sustento para las personas mayores"), apoyado por La Fraternidad, les ofrece a estos ancianos necesitados la oportunidad de trabajar y conservar su dignidad durante sus últimos años. Este taller artesanal les da un lugar donde pueden ir cada día para trabajar y producir bellas artesanías. A cada persona se le paga un pequeño estipendio, lo que les permite cubrir sus gastos ordinarios.

La mayoría de los trabajadores viven de la escasa asistencia del gobierno, por lo que los almuerzos calientes, el estipendio mensual y el seguro dental gratuito que se les ofrece a través de este programa, ayudan a que sus vidas sean más cómodas. Además, el trabajo les permite mantenerse física y mentalmente activos, interactuar con otras personas mayores (muchos de los que son inmigrantes con poca o ninguna capacidad de hablar hebreo), y lo más importante, conservar su dignidad y un sentido de utilidad para la sociedad.

“Este lugar me salva”

Dovid es un sobreviviente en todo el sentido de la palabra. Nació en 1920 en Czestochowa, Polonia, una ciudad en la frontera con Alemania. La Segunda Guerra Mundial estalló dos semanas antes de Rosh Hashaná en 1940. “Los nazis entraron de inmediato y pusieron a mi familia, que consistía de mis padres, yo y cuatro hermanas, en el gueto. Liquidaron el gueto en 1942 y se nos enviaron a diferentes campos de concentración. A mí me enviaron a Treblinka. Aparte de mí, sólo una hermana sobrevivió. De los 49 miembros de mi familia ampliada, sólo diez sobrevivieron.

“En Treblinka, veía a oficiales de la SS matar a la gente a balazos, por el mero gusto de hacerlo”, recuerda Dovid. “Ya no llevo la cuenta del número de veces que me he preguntado a mí mismo cómo pude sobrevivir. Llegué a la conclusión de que fue debido a mi fe. Yo seguía repitiendo un versículo de los Salmos: ‘No moriré, sino que viviré’. Esto me motivó a seguir con vida por el bien de mi familia. No tenía ni idea de que mi familia estaba muerta”.

Cuando terminó la guerra y Treblinka fue liberado, Dovid volvió a Polonia. “Nunca olvidaré el día 8 de mayo de 1945. Regresé a Polonia porque alguien me dijo que mi hermana había sobrevivido a la guerra y había regresado a nuestra ciudad natal, donde la comunidad judía estaba tratando de recomponerse”.

Finalmente, Dovid se trasladó al norte de Polonia, donde conoció a una mujer rusa y se casó con ella. Poco después del nacimiento de su hija, Dovid recibió un afidávit de parientes suyos en Estados Unidos, que le habría permitido mudarse a ese país. El Estado de Israel se estableció seis semanas después. “Me dije: 'Hay un país judío; ¿para qué yo voy a ir a otra diáspora?' Así que nos fuimos a Israel en agosto de 1949”.

Cuando era adolescente, Dovid había aprendido carpintería en una escuela profesional. Fue la carpintería que lo mantuvo vivo en Treblinka. Decidió traer máquinas de Alemania y estableció un taller de carpintería. Lamentablemente, tuvo que cerrar la tienda en 1956. “Los impuestos en Israel eran insoportables; tenía un montón de trabajo y no tenía dinero”.

Se dirigió al Ministerio de Educación en busca de un trabajo como maestro, a pesar de que no tenía credenciales. Sin embargo, resultó que el director de la escuela a la que había asistido en Polonia, había sido amigo del supervisor del ministerio. Consiguió trabajo como profesor de carpintería e ilustración de 1956 a 1985.

Cuando Dovid se jubiló, él y su esposa pudieron arreglárselas con sus pensiones. “Cuando mi esposa murió hace cinco años, todo cambió. Ya no había suficiente dinero para pagar las cuentas. Peor que eso, no sabía qué hacer conmigo mismo. Asistía a charlas, pero nada surtía efecto. Todo lo que hacía era pensar en mi esposa”.

Un amigo le contó a Dovid acerca del programa Yad LaKashish, apoyado por La Fraternidad, y desde entonces ha estado trabajando allí. Durante el transcurso de esta entrevista, los inmigrantes rusos que no hablan hebreo siguen acercándose a Dovid para pedirle ayuda con su trabajo. “¿Ve?”, dice Dovid, “me necesitan aquí”. Antes de partir, Dovid sonríe. “A pesar de todo, he tenido una vida maravillosa. Conseguí mi venganza contra los nazis. ¡Soy el jefe de una familia de 80 miembros!

“Este lugar me salva”, dice Dovid. “No sé lo que haría sin él. Estoy haciendo un trabajo creativo y me ayuda a llegar a fin de mes. La persona que fundó esta organización, y todos los que donan a ella, tienen asegurado un lugar en el mundo venidero. Aquí, todos tenemos entre 60 y 93 años de edad. Tomamos en serio nuestro trabajo. Gracias por dejarnos pasar los últimos años de nuestra vida con dignidad”.

 

All active news articles