Esperanza para una madre con un hijo discapacitado

Gali es una israelí de quinta generación, cuya familia emigró a Tierra Santa desde Europa oriental aproximadamente un siglo antes de que se estableciera el Estado moderno de Israel. Ella creció con una hermana en una familia orgullosamente sionista. Después de servir en el ejército, obtuvo una licenciatura en ingeniería mecánica.

“Tuve una vida hermosa”, cuenta Gali. “Después de la universidad encontré un gran trabajo, y poco después conocí al hombre con el que eventualmente me casaría”. El comienzo de su matrimonio fue un sueño. Gali trabajaba en un campo que amaba, y su esposo, que era artista, tenía la libertad para explorar sus talentos. La joven pareja estaba muy feliz y los dos se encontraban consolidados en sus carreras, por lo que decidieron iniciar una familia.

Por desgracia, el nacimiento de su hijo, aunque fue una bendición, también trajo consigo desafíos que nunca anticiparon.

“Mi hijo Avi nació con parálisis cerebral”, explica Gali, “una condición que no desaparece y que requiere atención las 24 horas del día”. La noticia fue un golpe para Gali y para su actual ex esposo, y a medida que la realidad se desvelaba, comprendieron que la vida nunca sería la misma.

La empresa de Gali le permitió mantener su trabajo, aunque tuvo que reducir su horario a medio tiempo y se le degradó a un cargo con menos responsabilidades. En casa, su vida pasó de ser un sueño a ser una pesadilla. El precioso niño que tanto amaba tenía discapacidades severas. El dolor de ver que era incapaz de caminar, usar sus manos, bañarse y vestirse era insoportable, e hizo que Gali y su marido se alejaran.

“Avi está discapacitado de pies a cabeza”, explica Gali. “Como soy su madre, he estado a su lado todos los días de su vida durante los últimos 19 años”. La tarea de cuidar a Avi es un trabajo de tiempo completo. Él necesita hidroterapia y fisioterapia, y ha tenido varias cirugías que requieren meses de hospitalización. No ha sido fácil, pero Gali es una guerrera y no se ha dado por vencida con su hijo.

Gali se casó de nuevo y tuvo gemelos con su segundo marido, los cuales ahora tienen ocho años. Su ex esposo a menudo visita a Avi y lo lleva a su casa una vez a la semana. Sin embargo, financieramente no ha sido de mucha ayuda.

“Es muy caro cuidar adecuadamente a alguien con parálisis cerebral”, explica Gali. “He gastado todos mis ahorros en ayudar a mi hijo, pero simplemente no ha sido suficiente. Doy gracias a Dios por la ayuda que recibo de La Fraternidad, que me permite darle a mi hijo una vida mejor”.

El fondo de emergencias Kupat Yedidut de La Fraternidad, le proporcionó a Avi una andadera especial, que le ha permitido mantenerse de pie e incluso caminar un poco. “La ayuda que recibimos de La Fraternidad trajo algo de luz a nuestra vida durante momentos de mucha oscuridad. No puedo agradecerles lo suficiente”.

Gali todavía trabaja medio tiempo, y cuando está en el trabajo un consejero pasa tiempo con Avi. Él le ayuda con las tareas escolares (Avi está estudiando para su examen de equivalencia de escuela secundaria) y con la hidroterapia. Tiene sesiones de consejería con Avi, lo que le permite expresar sus emociones reprimidas. Pero sobre todo, él es su amigo, ya que Avi no pertenece a ninguna comunidad fuera de su familia muy unida.

A Gali y a Avi les queda un largo camino. Como madre, Gali se preocupa por el futuro de Avi. Pero la ayuda que ellos reciben de La Fraternidad le da esperanza. “Nos muestra que hay gente que se interesa por nosotros”, dice ella, “gente con la que podemos contar”.

 

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