Formato Para Imprimir »

Cuando el pasado y el presente colaboran

Vladimir Shraga es un fotoperiodista con base en Jerusalén y también es miembro del personal del Comité Conjunto de Distribución Judío (JDC por sus siglas en inglés), que brinda ayuda a judíos empobrecidos en todo el mundo, particularmente en la antigua Unión Soviética. En este artículo, Vladimir reflexiona sobre la dolorosa vida que estos preciosos hijos de Dios experimentan con demasiada frecuencia y cómo el apoyo de amigos fieles de La Fraternidad, como usted, ayuda a aliviar su dolor.

Cuando visito a quienes reciben ayuda de La Fraternidad, inevitablemente intento aplicar sus historias a mí mismo: Si yo estuviera en su lugar, ¿me mantendría fuerte? ¿Sería capaz de derrotar el miedo, la soledad, el dolor, la pobreza, la incertidumbre, los días y las noches silenciosas, las paredes agrietadas, los muebles rotos, la fontanería y el equipo eléctrico defectuosos? Cuanto más lo pienso, menos seguro estoy de que tendría éxito.

Imagínese que no puede salir de su apartamento. Imagínese que se quedó sin dinero, que ni siquiera tiene lo suficiente para comprar un pedazo de pan. Imagínese sufrir de numerosas enfermedades que le provocan dolor cada minuto de cada día. Aún más doloroso, imagínese que no tiene a nadie con quien compartir estos sentimientos y miedos.

Para mí, es difícil imaginar completamente una vida como esta.

Pero entonces pienso en lo que significa nuestro apoyo para las personas que tienen este tipo de vida. Qué tranquilizador sería una simple llamada telefónica, con una voz amable preguntando cosas básicas como: “¿Cómo se siente?” o “¿Qué tipo de ayuda necesita?”

Imagínese estar muy solo, adolorido y empobrecido, y luego, que llegue alguien a su puerta con un paquete de alimentos para usted, alimentos que le permitirán sobrevivir la próxima semana…

Tales pensamientos podrían aplicarse a casi cualquier anciano judío que La Fraternidad haya ayudado, y María en Nikolaev, Ucrania, no es la excepción. María vive sola, golpeada por la pobreza y múltiples enfermedades. Su hogar, otrora ruidoso y lleno de familiares, ahora se encuentra en silencio mortal.

Su pequeña casa de 200 años de antigüedad, parece encajonada en su pequeño espacio; un vecino construyó una mansión nueva y elegante justo al lado de la casa de María, con las paredes casi tocando sus viejas ventanas. María no pudo convencer a su vecino de cambiar los planos y la construcción causó serias grietas en las paredes de su casa. A fin de cuentas, ella misma tuvo que hacerse responsable de arreglar todo.

En la casa de María, el inodoro está en la cocina y la cocina está en el porche. Hace mucho frío y no hay privacidad, ya que se encuentra justo al lado de la entrada. Así ha sido durante décadas, y antes de eso la casa no tenía baño ni cocina del todo.

El techo se filtra, la tubería está oxidada y apenas funciona, los cristales de las ventanas a menudo se salen de sus marcos, y esta frágil anciana arregla todo ella misma.

No hay agua caliente ni ducha. Para bañarse, María calienta agua en la estufa, la lleva en baldes a la sala de estar y la vierte en una tina de lavado. Esta es su rutina diaria y así ha sido toda su vida; María nunca ha usado una bañera ni una ducha.

En estas difíciles condiciones, durante años María cuidó a su madre y a su hermano con discapacidad. Nunca tuvo una familia propia, porque no podía dejar a su madre y hermano.

Pero ahora, para ayudar a aliviar el sufrimiento de esta dulce mujer, La Fraternidad proporciona a María apoyo para su alimentación a través del Centro de Alimentos y Medicinas de la FICJ. Este servicio significa una preocupación menos para María, que está siempre agradecida por la ayuda y el amor que le han mostrado La Fraternidad y sus donantes, apoyo que es tanto moral como físico.

 

All active news articles