Despertada por el sonido del silencio

Después de una larga semana de trabajo y el ajetreo de llevar un hogar con cuatro niños activos, estaba deseando dormir un poco tarde el sábado, el Shabat (el día de descanso). En Israel, tenemos libre el viernes, que en general es un día para prepararse para el Shabat (que va desde el viernes en la noche hasta el sábado en la noche) y para ocuparse de otras diligencias. Volvemos a trabajar los domingos, así que el Shabat es realmente nuestro día de descanso. Durante la semana, me apego a mi ritual de levantarme a las 5:15 a.m. Esto me da tiempo para tomar café y hacer las cosas que necesito hacer antes de despertar a los niños a las 6:30. Así que realmente aprecio poder dormir un día a la semana hasta por lo menos las 8:00.

Sin embargo, el pasado Shabat, me desperté abruptamente a las 5:45 de la mañana, debido a la estridente sirena que resonaba en mi teléfono celular. Era mi aplicación “Red Alert” (Alerta Roja), avisándome que había un código de alerta roja en algún lugar de Israel; esta vez resultó ser en comunidades cercanas a la frontera con Gaza. Instalé la aplicación en mi teléfono en el verano del año 2014, cuando diariamente Hamás enviaba múltiples cohetes contra Israel. Decidí que, aparte de saber si un cohete se dirigía hacia donde estaba, quería solidarizarme con mis compatriotas cuando un cohete les apuntara. Me detendría y diría un salmo por aquellos en peligro.

Aparentemente, Hamás consideró que este pasado Shabat a las 5:45 a.m. era un excelente momento para lanzar un cohete contra Israel. Cuando miré la pantalla de mi teléfono, vi que el cohete se dirigía hacia el área sur, no hacia la mía. No utilizamos aparatos electrónicos en Shabat, así que no pude apagar la sirena hasta que finalmente se apagó sola. Para entonces, no pude volver a dormirme. Aquel sueño reparador que estaba deseando había dejado de ser una opción, y yo estaba molesta.

Mientras bajaba con pesadez las escaleras, auto-compadeciéndome después de varias horas infructuosas de intentar reconciliar el sueño, me desperté lo suficiente como para darme cuenta de que tenía suerte. No vivo en la ciudad en la que las sirenas de alarma antiaérea estaban sonando por múltiples altavoces, sacudiendo a gente trabajadora, como yo, fuera de sus camas cálidas a un frío torrente de pánico. Mis hijos no tuvieron que soportar el trauma de despertarse de sus sueños con ese horrible sonido avisándoles que sus propias vidas estaban en peligro. El pasado Shabat, esos ciudadanos de Israel perdieron más que el sueño; perdieron la sensación de seguridad, estabilidad y paz.

Nosotros (y me incluyo aquí) nos hemos acostumbrado demasiado a los cohetes en Israel. Sucede con demasiada frecuencia como para causar alboroto. Este incidente fue apenas una débil señal en el radar internacional. La reacción de la mayor parte del mundo si es que se dieron cuenta de este incidente en particular fue el silencio. ¡Sólo imagínese si un solo cohete cayera sobre Chicago, Los Ángeles, Nueva York o cualquier otro lugar en los Estados Unidos! Habría un repudio mundial. Habría indignación. No se toleraría la situación, porque la verdad es que un cohete es demasiado… al menos fuera de Israel.

Algunas personas piensan: “Bueno, los judíos eligieron vivir en Israel. Esto viene con esa decisión”. Pero sigo escuchando la voz de mi amiga israelí, cuando le pregunté si sus bisabuelos sabían en qué se estaban metiendo cuando llegaron a Israel. Ella me dijo: “No tenían idea de que habría violencia. En su mente, simplemente volvían a casa”.

Creo que cada judío tiene derecho a vivir en su casa en paz, con tranquilidad y seguridad. Nunca debemos volvernos insensibles a la violencia que asola nuestra tierra. Nunca debemos volvernos complacientes. Tal vez esa sirena que rompió el dulce silencio de la mañana del Shabat, fue una llamada de atención que, después de todo, yo necesitaba; un recordatorio de que nunca debemos dormirnos, nunca olvidarnos de aquellos en peligro, nunca olvidar que tenemos enemigos peligrosos a la puerta. Nunca debemos olvidar que, sin Dios, no tenemos ninguna posibilidad. No podemos descansar mientras nuestro pueblo tenga que vivir con miedo a los cohetes, ni siquiera a uno.

 

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