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Sustento para los ancianos

Todas las mañanas, justo cuando Miriam se despierta, agradece a Dios por otro día en Jerusalén, donde los judíos viven sin miedo al antisemitismo. Miriam, una inmigrante rusa de 72 años, recuerda cuando la atormentaban por ser judía cuando era niña. Hoy vive sola en un apartamento de una habitación en Israel, y aunque lleva una vida modesta, con poca comida en el refrigerador, aun así se siente bendecida por la libertad que disfruta en Tierra Santa.

Miriam nació después de la Segunda Guerra Mundial, y sus padres siempre le dijeron lo afortunada que era de haber nacido después del Holocausto. Sin embargo, las actitudes antisemitas persistieron después de la guerra.

“Rusia no era un buen lugar para los judíos”, dijo Miriam. “Recuerdo que me perseguían por la calle mientras me llamaban ‘judía, judía’”. No obstante, al igual que otros judíos que vivieron en la Rusia estalinista, Miriam prosperó a pesar de estos obstáculos.

Después de completar una licenciatura en arte, Miriam encontró trabajo como diseñadora de producción en un canal de televisión ruso. Con el tiempo se casó. Aunque experimentó gran parte de lo que la vida tenía para ofrecer en Rusia, siempre imaginó cómo sería vivir con el orgullo de ser judía en Israel.

En 1993, una amiga de Miriam hizo aliyá (inmigró a Israel). Esto inspiró y empujó a Miriam a hacer aliyá también, y así finalmente cumplió el sueño que tenía desde hacía mucho tiempo.

Miriam encontró trabajo en Israel como auxiliar de jardín de infancia. Como nunca tuvo hijos, a Miriam le encantaba pasar tiempo con sus alumnos. Pero al volverse mayor, no pudo mantener el paso acelerado del ambiente que conlleva cuidar niños pequeños, por lo que se jubiló.

Como necesitaba algo que hacer todos los días para mantener el ánimo y sentir que todavía estaba contribuyendo a la sociedad, Miriam se unió al programa Yad LaKashish, financiado por La Fraternidad.

Cada mañana, alrededor de 300 personas mayores acuden a este programa extraordinario, donde se les ofrece la oportunidad de trabajar en diferentes talleres, incluyendo encuadernación, cerámica, trabajos en metal, seda y textiles. Luego venden sus productos terminados a la comunidad.

Además del trabajo, diariamente se les sirve un almuerzo caliente a los ancianos, quienes en gran parte no pueden cocinar o no tienen los alimentos disponibles en casa para preparar una comida caliente todos los días.

Con su experiencia en los artes, Miriam eligió cerámica, y gana un promedio de 540 shekels (alrededor de US$150) al mes, lo que le ayuda a salir adelante.

Este increíble proyecto da vida a los ancianos. Los llena de un sentido de propósito, pertenencia y autoestima, a la vez que reúne una vibrante comunidad de adultos mayores que pueden retribuirle a la sociedad durante sus años dorados.

La Fraternidad se siente bendecida por tener la oportunidad de apoyar y cuidar a la comunidad de ancianos de Israel, y sentimos mucha gratitud hacia nuestros donantes, que nos permiten cumplir esta misión sagrada.

 

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