El León de Sion que perdimos

El mundo parecía más oscuro la mañana del 17 de septiembre en la hermosa ciudad donde vivo. El sol no brillaba con la misma intensidad esa mañana y los pájaros no cantaban igual de fuerte en las colinas de Judea. Nuestras banderas, la bandera de Israel y la bandera de Efrat, nuestra ciudad, estaban a media asta. Todos, jóvenes y viejos, estaban de luto.

El día anterior, uno de los nuestros había sido asesinado por un terrorista árabe. Durante escasos 45 años, se nos bendijo con la presencia de esta persona especial. Esta fue la primera mañana que despertamos a un mundo sin Ari Fuld.

No se publicó la historia en los medios convencionales, pero debería de haberse publicado. Ari, cuyo nombre significa “león” era un verdadero “León de Sion”. Él era inmigrante estadounidense en Israel, sirvió en una unidad selecta en las Fuerzas de Defensa de Israel y dedicó su vida a defender a Israel en las redes sociales y en las noticias. Trabajó para apoyar a los soldados de las FDI y se desempeñó como voluntario en el equipo de respuesta de emergencia en nuestra ciudad.

Ari nos protegió a todos, día y noche, aunque su confianza estaba firmemente arraigada en Dios. Todos lo conocían como una persona muy agradable y como un esposo y padre maravilloso. Y ahora ya no está con nosotros. Pareciera que hay menos oxígeno en el aire cuando tratamos de respirar, ya que la pérdida pesa gravemente en nuestros corazones y nuestras mentes luchan por darle sentido a lo sucedido.

Como dijo uno de los hermanos de Ari, él vivió la vida de un héroe y murió como un héroe.

En la mañana del 16 de septiembre, Ari fue a comprar comida en nuestro supermercado local para la festividad de Iom Kipur, el Día de la Expiación, que se aproximaba. Cuando estaba entrando, un terrorista árabe de 17 años de edad se le acercó por detrás y lo apuñaló por la espalda, hiriéndolo mortalmente. Pero Ari no cayó sin luchar. Con reflejos agudos, Ari contraatacó y persiguió al terrorista. Saltó sobre un muro pequeño, sacó su arma y le disparó, así evitando que hiriera a otros. Una vez que disparó aquellas balas, Ari colapsó y momentos después sucumbió a sus heridas.

El fuerte y poderoso león cayó, su gran rugido silenciado para siempre.

Incluso el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, no pudo entender cómo Ari logró reunir la fuerza necesaria para hacer lo que hizo después de haber sido herido tan gravemente. Parece físicamente imposible. Otro de los cuatro hermanos de Ari explicó: “Mi hermano hizo lo que hizo no con su cuerpo, sino con su alma”. Escuché estas palabras mientras estaba en el funeral de Ari la noche siguiente a su asesinato, con miles de otros dolientes, a la 1:30 a.m. en nuestro cementerio local.

Hay tantas cosas que podría compartir con ustedes acerca de Ari, a quien muchos llamaban el “gigante amable”. Era lo suficientemente alto y fuerte como para luchar valientemente en las guerras de Israel, y lo suficientemente suave como para enseñarles karate a mis dos hijos pequeños cuando nos mudamos a Israel hace casi una década. Podría continuar escribiendo sobre cómo su muerte ha afectado profundamente a mis hijos, a mi comunidad, a la nación de Israel y a los judíos y cristianos de todo el mundo que conocieron a Ari. Podría contarles acerca de su sincera dedicación a la tierra de Israel, a la Biblia de Israel y al pueblo de Israel. Pero cualquier cosa que pudiera decir nunca le haría justicia a este hombre gigante ni plasmaría la pérdida que el mundo entero ha sufrido.

En lugar de eso, compartiré con ustedes lo que Ari mismo desearía que supieran, el mensaje que vivió y enseñó toda su vida y por el cual murió. Su mensaje fue decir la verdad acerca de Israel sin importar el costo. Dejar de tener miedo de lo que el mundo pueda pensar si apoyamos a Israel o si Israel se defiende a sí misma. Estar orgullosos y vociferes sobre quiénes somos y en qué creemos. Enfrentar y expresarse a un mundo que ha sido alimentado de forma constante con mentiras sobre el pueblo de Israel. Y, sobre todo, nunca rendirse y nunca ceder. Seguir luchando hasta nuestro último aliento.

Justo como él lo hizo.

Que nunca se olvide la memoria de Ari y que se ate su alma al haz de la vida (I Samuel 25:29).



 

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