Oraciones y acción

Mientras acosté a mis hijos, no pude evitar pensar en los cientos de miles de israelíes que son blanco de los implacables bombardeos con misiles de Hamás. Pensé en todos los niños que, a diferencia de mis hijos, no podrán dormir de forma segura en sus camas, ya que los cohetes y misiles siguen cayendo en sus vecindarios, que se encuentran a tan sólo una hora al sur de mi casa en automóvil.

Sirenas, explosiones, silencio, gritos… se escucharon durante toda la noche en el sur de Israel. Esto nos hace preguntarnos: ¿Cómo podemos vivir así? ¿Cómo podemos seguir adelante dadas las circunstancias?

Todos sabemos la respuesta. Hemos pasado por esto antes. Vivimos así porque no tenemos otra opción. Continuamos viviendo nuestra vida, porque eso es lo que los judíos siempre han hecho.

La complacencia es un lujo que no podemos permitirnos. Sí, el área en la que vivo es relativamente tranquila, sin sirenas ni explosiones ni silencios ensordecedores seguidos de gritos. Sin embargo, si no activo la alarma en mi corazón, si no siento el dolor de mis hermanos y hermanas en el sur de Israel, les he fallado. He fallado a mi país y a sus ciudadanos.

Como una persona de fe, mi primera respuesta es orar por la seguridad de los israelíes que se encuentran bajo ataque. Oro para que Dios guíe las manos de nuestros líderes, dirija a nuestros soldados en la batalla, destruya a nuestros enemigos y se asegure de que todos nuestros hombres y mujeres en el servicio militar regresen sanos y salvos a casa.

La oración es nuestra mejor arma. No obstante, también debemos actuar. Debemos responder a la devastación en el sur de Israel. No podemos quedarnos sin hacer nada mientras israelíes inocentes son el blanco de la organización terrorista Hamás, que es financiada por Irán y cuyo objetivo es eliminar a Israel del mapa.

Durante muchos años, La Fraternidad ha desempeñado un papel importante en la protección de Israel. Hemos financiado más de 5,500 refugios antiaéreos, que salvan vidas israelíes. Nuestros centros de trauma atienden continuamente a hombres, mujeres y niños en estado de choque y con traumas emocionales como resultado de los interminables bombardeos con cohetes y misiles.

Mientras caían cohetes tarde en la noche, el teléfono timbró en nuestra oficina en Jerusalén, y nuestro personal entregado todavía estaba allí para atender la llamada. Era el alcalde de un pequeño pueblo en el sur de Israel que había sido golpeado por cohetes y misiles. Pidió nuestra ayuda.

Un misil había destruido el edificio de apartamentos donde vivían una madre soltera con seis hijos y un padre soltero con dos hijos. Ambas familias no tenían a dónde ir. Mientras las sirenas sonaban y los misiles caían, ellos tuvieron que salir a la calle. Se dirigieron a la oficina del alcalde con el fin de pedir una subvención para poder rentar una habitación de hotel en donde dormir, pero el papeleo burocrático por lo que tenía que pasar el alcalde para obtener la aprobación de dicha ayuda habría tomado mucho tiempo, tiempo que estas familias no tenían.

El alcalde sabía que la forma más segura para inmediatamente poner un techo sobre sus cabezas era comunicarse con La Fraternidad. Tenía razón, porque en pocos minutos se aprobó una subvención y estas familias salieron rumbo al hotel.

Mientras acuesto a mis hijos, al menos puedo mirarlos a los ojos y decir: “Sí, papá está haciendo algo para ayudar a nuestros hermanos y hermanas en el sur”. Ser parte de La Fraternidad, especialmente en estos tiempos difíciles, significa ser parte de nuestros tremendos esfuerzos para proveer seguridad y consuelo a las muchas víctimas israelíes de la maldad terrorista, o sea ser un soldado en esta guerra brutal contra nuestro país y nuestro pueblo.

¡Dios bendiga a Israel!

 

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