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Centinelas de Israel

Una sobreviviente del Holocausto encuentra esperanza en sus últimos años

Ester es una dulce sobreviviente del Holocausto de 75 años de edad

Ester es una dulce sobreviviente del Holocausto de 75 años de edad, que está viviendo sus últimos años de vida en Israel. "El hecho de que esté viva hoy es simplemente de Dios", dice Ester con lágrimas en los ojos. "Confío en sus planes por completo".

Es esta gran fe en Dios y en su bondad lo que ha mantenido a Ester luchando por su vida desde que era una niña de cinco años que enfrentaba las amenazas de muerte de los nazis. "Había un plan divino", dice Ester, al relatar su milagroso escape de su pueblo conquistado por los nazis.

"No puedo comprender por qué algunos de mis hermanos y hermanas murieron ni por qué tantas personas sufrieron, pero sé que Dios nunca nos abandonaría. Es la máxima paradoja de la fe".

Comienzos felices

Ester recuerda claramente a su numerosa familia estudiando la Biblia todos juntos y celebrando el Shabbat antes de la toma de los nazis. "Yo era una de seis hermanos", dice Ester, "y éramos una familia bien unida". Al recordar a su familia, Ester hace una pausa para contener las lágrimas. "Todo era perfecto antes de la invasión nazi. Después de eso, puedo resumir mi mundo en una sola palabra: tortura".

Cuando el padre de Ester se enteró de la inminente invasión nazi, separó a su familia y todos huyeron para salvar sus vidas. "Mi familia era tan grande que si viajábamos juntos, no habría manera de esconderse de los nazis. Así que mi padre tomó dos niños, mi madre cuatro, y se fueron por caminos diferentes. Yo me fui con mi madre y sobrevivimos. Mi padre y mis dos hermanos, de 11 y 9 años de edad, fueron capturados y asesinados en un campo de concentración".

Ester se tapa los ojos. "Es muy difícil volver a estos recuerdos, pero también es muy importante contar la historia para que el mundo nunca olvide".

Una vida huyendo

Cuando Ester habla de los cinco años que pasó con su madre y hermanos escapando de los nazis, se puede ver el dolor en sus ojos. "Sólo recuerdo tener hambre", repite una y otra vez. Durante cinco años, Ester sobrevivió con un pedazo de pan al día… cuando tuvo suerte. "Todos trabajábamos en los campos o en la casa de alguien, y nos pagaban con una barra de pan al final del día. Dividíamos el pan entre los cinco, pero sabíamos que al comer nuestra pequeña porción, le estábamos quitando algo de uno de nuestros queridos miembros de la familia".

Ester sonríe al mirar una fotografía de su madre colgando en la pared. "Mi madre sacrificaría cualquier cosa por nosotros, sus hijos. Ella era una mujer abnegada que se preocupó de una sola cosa durante la guerra: cómo sacar a sus niños judíos con vida".

Cuando terminó la guerra, la madre de Ester trató de crear una vida normal para sus hijos. "Las cicatrices de mi madre eran profundas. Perdió a su esposo y dos de sus hijos, pero estaba decidida a mantenerse fuerte por nosotros, los hijos vivos que tanto apreciaba".

Amor que salva

Los años entre el final de la guerra y cuando conoció a su esposo son nebulosos para Ester; el trauma ha borrado muchos de estos recuerdos. Pero cuando habla de su marido, al instante una sonrisa cubre su rostro. "Él era mi rey", dice ella. "Mi marido me llenó de vida después de la guerra y me dio nueva esperanza en el futuro".

Ester y su esposo vivían una vida simple pero feliz. No obstante, siempre habían soñado con mudarse a Israel, la patria judía. Finalmente en 1990, tuvieron la oportunidad de hacerlo. "No teníamos ahorros en la antigua Unión Soviética, ni tampoco teníamos una casa", recuerda Ester. "Vinimos a Tierra Santa con el sueño de vivir nuestros últimos años en la tierra de nuestros antepasados". Ester y su esposo llegaron a Israel sólo con la ropa que llevaban puestas.

Hace seis meses, el marido de Ester falleció, y Ester misma no se encuentra bien. Tiene enfermedad del corazón y diabetes, y ha estado en cama durante casi dos años. "Mi esposo solía cuidar de mí", dice ella. "Fue un choque cuando murió tan repentinamente, y ahora estoy sola".

Restaurando su fe en la humanidad

El gobierno israelí le proporciona un poco de ayuda, pero sin las cajas de comida que recibe semanalmente de La Fraternidad, Ester no tendría nada que comer. "El estipendio que me da el gobierno es apenas suficiente para cubrir el alquiler y el recibo de la luz", dice sin rodeos. "Además de los gastos básicos, tengo que tomar muchas medicinas para mantenerme con vida. No tengo nada de dinero para la comida. Yo sé muy bien lo que es pasar hambre, y es tan sólo por La Fraternidad que no estoy padeciendo hambre ahora en mi vejez".

Al igual que muchos ancianos en Israel, Ester a menudo debe elegir entre pagar el alquiler y el recibo de la luz cada mes o comprar alimentos y medicinas. Desesperados, estos israelíes ancianos recurren a La Fraternidad con penosas súplicas de ayuda. Cuando llegamos con la comida, las medicinas o la calefacción que tanto necesitan, se da a estas personas sufrientes esperanza en el futuro y el consuelo de que no están solos en sus años finales. "Saber que hay cristianos en el extranjero que me están enviando estos paquetes de alimentos es simplemente asombroso", dice Ester mientras mira la rebosante caja de comida. "Se ha restaurado mi fe en la humanidad. Gracias por mantenerme con vida".