Gratitud eterna

Pero llegó al poder en Egipto otro rey que no había conocido a José. — Éxodo 1:8

La porción de la Torá de esta semana, Shemot, es de Éxodo 1:1—6:1 y de Isaías 27:6—28:13; 29:22–23.

Cuando las doce tribus llegaron por primera vez a Egipto se les trató como realeza. Se les acogió y agasajó con una lluvia de regalos, todo debido a que su hermano José funcionaba como la mano derecha del Faraón. La Escritura relata que después de la muerte de José, había un nuevo Faraón que no había oído hablar de José; pero, ¿cómo fue posible tal cosa?

Los eruditos explican que no hay forma de que el Faraón de Egipto no supiera quién era José y lo que él había hecho por el pueblo egipcio. Egipto había estado al borde de la destrucción por la hambruna que azotó la tierra. Los egipcios habrían desaparecido mucho tiempo atrás si no hubiera sido por José, quien les advirtió y guio a guardar alimentos en los años de abundancia, para luego usarlos en los años de escasez. ¡José era un héroe nacional! Era prácticamente imposible vivir en Egipto y no saber quién era José.

Entonces, ¿cómo podía el Faraón ser tan cruel con los descendientes de José?

La respuesta se encuentra en el versículo. El nuevo Faraón “no había conocido a José.” Sin duda, él sabía quién era José. Sin embargo, muchos años habían pasado y la importancia de las acciones de José se había desvanecido con el paso del tiempo. Si bien en un primer momento, la historia reciente de lo que José había hecho había agitado emociones de agradecimiento y aprecio, ahora no era más que un hombre del pasado. El recuerdo de José vivía, pero la gratitud de los egipcios había muerto. Una vez que ya no sentían gratitud, era sólo cuestión de tiempo para que los egipcios se volvieran en contra de aquellos extranjeros que vivían en sus tierras.

Parece terriblemente injusto que Faraón y los egipcios olvidaran todo lo bueno que había hecho José y que pagaran su amabilidad con crueldad, pero ¿somos nosotros mejores? ¿Podemos decir que nuestra gratitud dura para siempre?

Piénselo bien. Muchas personas han sido bondadosas con nosotros. Alguien nos dio a luz, nos alimentó, cambió nuestros pañales y se encargó de nuestras necesidades. Alguien nos enseñó a leer y escribir y nos dio la confianza de poder tener éxito en la vida. En algún momento del camino, necesitábamos un amigo para apoyarnos en él y alguien estuvo allí a nuestro lado. La lista sigue y sigue, y luego, por supuesto, ¡está Dios quien nos da todo!

Pero, ¿recordamos realmente toda la bondad que hemos recibido? ¿Hemos agradecido adecuadamente a quienes nos han ayudado? A veces, olvidamos lo bueno que han sido con nosotros, e incluso devolvemos la generosidad con ira o resentimiento. El judaísmo enseña que debemos estar agradecidos por el bien que nos hagan, incluso si la misma persona también nos perjudica. ¡No podemos dejar que las malas conductas anulen las buenas!

Por lo tanto, hoy enfoquémonos en la gratitud hacia nuestra familia, nuestros amigos y nuestro Dios.

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