Nombres para los sin nombre

Éstos son los nombres de los hijos de Israel que, acompañados de sus familias, llegaron con Jacob a Egipto. — Éxodo 1:1

La porción de la Torá de esta semana, Shemot, es de Éxodo 1:1—6:1 y de Isaías 27:6—28:13; 29:22–23.

La porción de la Torá de esta semana es el principio del Éxodo, el segundo de los cinco libros de Moisés. La era de los patriarcas había llegado a su fin y una nueva era se abrió paso. Todos sabemos lo que pasó después: Los israelitas se embarcaron en cientos de años de dura esclavitud. Fue allí, en el crisol de Egipto, que los hijos de Jacob se convirtieron en la nación de Israel.

Es interesante entonces que el título para la selección de esta semana sea Shemot, que significa “nombres.” Un nombre es algo muy individual. De hecho, la tradición judía enseña que el nombre de una persona alude a su esencia única. Reconocer nombres individuales – como lo hace la Torá en los primeros versículos de esta sección– es lo contrario al hecho de identificarlos a todos como grupo. Podríamos pensar que puesto que esta parte tiene que ver con la experiencia colectiva de una nación, ¡un título diferente sería más apropiado!

Sin embargo, sin duda alguna, el título es totalmente apropiado.

La razón es que existe un riesgo al agrupar a individuos, especialmente cuando se trata de un sufrimiento colectivo. Cuando se oprime a una nación o a un grupo, tendemos a agrupar a todas las víctimas juntas. De esta manera, se minimiza su sufrimiento y se aminora nuestra compasión. Cuando las víctimas no tienen nombre ni rostro, se convierten en meros números y estadísticas. Sin embargo, cuando alguien tiene un nombre y una identidad, su sufrimiento se siente de forma mucho más profunda.

Uno de los lugares más tristes del mundo es Auschwitz, el campo de exterminio nazi donde más de un millón de personas inocentes fueron enviadas a las cámaras de gas y quemadas en hornos. Pero el lugar más inquietante en aquel campo no se encuentra en las cámaras de gas o los hornos. El lugar más perturbador es el cuarto que está lleno de zapatos y el que le sigue, lleno de cabello; y también el cuarto que está lleno de anteojos y el que está lleno de juguetes; y otro más, lleno de maletas marcadas todavía con nombres individuales.

Estas habitaciones están llenas de objetos personales de las numerosas víctimas que perecieron en Auschwitz. Ellas dan nombres e identidad a los millones que perecieron en el Holocausto, y es por eso que son tan difíciles de presenciar. Cuando reconocemos que cada víctima era un ser humano único, que vivía y respiraba, la tragedia de su masacre se siente diez veces más. Así, la esperanza es que ese impacto más profundo inspire más compasión y un cambio mayor.

Hoy en día, los medios de comunicación hacen que sea mucho más fácil  oír hablar de las tragedias que se dan en el mundo. Es muy fácil llegar a ser inmune al sufrimiento humano; pero hay que recordar que cada víctima tiene un nombre y un valor más allá de lo que podemos comprender. Ya sea que se pierdan vidas como consecuencia de un desastre natural o por el terrorismo, debemos hacer una pausa y recordar cada víctima. Al hacerlo, hacemos honor a su memoria y aseguramos un futuro más compasivo.

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