Una mañana cualquiera

“Cada mañana reduciré al silencio
    a todos los impíos que hay en la tierra;
extirparé de la ciudad del Señor
    a todos los malhechores”. (Salmo 101:8, NVI)

La tradición oral del judaísmo enseña la siguiente historia: Una vez, un grupo de eruditos discutían acerca del versículo más importante en la Biblia. Un erudito sugirió: “Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor es uno” (Deuteronomio 6:4, RVC). Ciertamente, creer en un solo Dios es una piedra angular de la fe judía. Pero otro erudito propuso: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (Levítico 19:18, RVC), porque la creencia en Dios no es suficiente; también hay que actuar de forma adecuada para con los demás.

Finalmente, un último erudito hizo una tercera sugerencia, y dijo: “Al despuntar el día, ofrecerás uno de ellos, y al caer la tarde, el otro” (Éxodo 29:39, NVI), referente al sacrificio que se ofrecía en el Templo. ¡Qué extraña elección! Pero lo que es aún más extraño, ¡es que todos estuvieran de acuerdo!

Como habrá adivinado, hay un significado más profundo en el versículo de los sacrificios. Es una cuestión de constancia, de hacer lo mismo día tras día. Un sacrificio es ofrecido en la mañana y otro por la tarde, todos los días. Este sacrificio, llamado “el sacrificio diario”, es símbolo de una conducta recta y constante. Una cosa es tener una fe ejemplar en una situación particular o llevar a cabo un extraordinario acto de bondad una vez. Sin embargo, la justicia no se determina por lo que hacemos de vez en cuando. La justicia se determina por todas las pequeñas cosas que hacemos día a día –ya sea que tengamos ganas de hacerlas o no– con lluvia o con sol, todos los días de nuestras vidas.

El último erudito estaba sugiriendo que lo que hacemos no es tan importante como lo constantes que seamos al hacerlo. La verdadera espiritualidad es constante y coherente. De lo contrario es tan fugaz como un arco iris, aunque sea hermoso cuando está en el cielo.

En el Salmo 101, el rey David afirma que: “Cada mañana reduciré al silencio a todos los impíos que hay en la tierra”. Los eruditos explican que David estaba enfatizando que él hacía su trabajo todos los días con la misma ilusión que el primer día. David no se tomó un descanso el martes porque hizo un buen trabajo el lunes y no faltó el jueves porque tuvo una larga noche el miércoles. David fue constante y coherente en su servicio al Señor y eso lo hizo justo.

Al igual que David, tenemos que despertar cada mañana, saltar de la cama, listos y dispuestos a hacer lo mejor. Incluso si estamos cansados ​​o no tenemos inspiración. ¡Especialmente si estamos cansados ​​o no tenemos inspiración! Si somos constantes y damos el 100 por ciento todos los días de nuestra vida, entonces Dios también estará a nuestro lado.

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