Lectura bíblica: 2 Samuel 1:1-27

El ascenso de David al trono de Israel empezó con la caída del rey Saúl y de Jonatán en el monte Gilboa. El mensajero que trajo la noticia de la muerte de ellos causó un profundo luto en David, pues era evidente que David amaba a Saúl a pesar de que este trató muchas veces de matarlo. Además, Jonatán era el amigo más amado de David, más cercano que un hermano. David no solo amaba a estos hombres, sino que respetó profundamente la unción que Dios había puesto en Saúl. En varias ocasiones David rehusó poner su mano sobre Saúl para hacerle daño, y en este relato lo vemos indignado de que un amalecita, un extranjero, se hubiera atrevido a asesinar al rey de Israel (como se le hizo creer a David).

Sabemos que ese hombre le mintió a David, porque esperaba que al contarle que había eliminado a su enemigo, se ganaría la confianza de David. Pero el plan fue un fracaso ya que David usó el propio testimonio del mensajero para condenarlo a muerte, y fue ejecutado de inmediato. David y sus hombres lloraron la muerte de Saúl y de Jonatán todo el día. Más adelante David, «el dulce cantor de Israel» (2 Samuel 23:1) mostró por primera vez su talento poético al componer una bella elegía (vv. 19-27), y ordenó que todos los hombres de Judá la aprendieran y la recitaran.

Preguntas de estudio

  1. ¿Por qué era tan importante para David el hecho de que Dios hubiera ungido a Saúl?
  2. Resulta irónico que el hombre que reivindicó el asesinato de Saúl fuera un amalecita. ¿Cuál es el papel destacado que desempeñan los amalecitas en la historia de Saúl? (Pista: lea 1 Samuel 15:1-11).
  3. ¿Por qué David prohíbe que las noticias de esta tragedia lleguen hasta Filistea (v. 20)?
  4. ¿Por qué David ordena a todos los hombres de Judá aprender y recitar esta elegía?

Reflexión

Lo que hizo David nos deja una maravillosa lección. Aunque estaba a punto de ser rey, y a pesar de que Saúl ya estaba muerto después de haber intentado asesinarlo, David honró no solo a Saúl, sino también al Señor quien había puesto a Saúl en el trono. En lugar de saborear su momento de triunfo, David reconoció con humildad que él era parte del plan de Dios. En nuestros momentos de éxito nos conviene recordar la humildad de David.