Lectura bíblica: 1 Samuel 31:1-13

La vida del rey Saúl llegó a su fin en el monte Gilboa, en una batalla campal contra un antiguo enemigo de Israel: los filisteos, un pueblo marítimo que habitaba junto a la costa del Mediterráneo y del que salió el gigante Goliat. Muchos israelitas perecieron en la batalla, entre ellos Jonatán, el amado amigo de David (ver 2 Samuel 1:1-27), y otros dos hijos de Saúl.

Saúl mismo sufrió una herida mortal y pidió a su escudero que lo matara. Pero el escudero se negó a hacerlo, y Saúl se dejó caer sobre su propia espada para no morir a manos de los filisteos.

Los filisteos victoriosos llevaron los cuerpos de Saúl y de sus tres hijos a su fortaleza en la ciudad de Bet-sán (o Beit She’an), que es uno de los lugares interesantes que visitamos durante la gira por Israel (Journey Home Tour) que organiza La Fraternidad.

Desde un lugar por encima de las impresionantes ruinas de una ciudad romana posterior, en Bet-sán, los visitantes pueden ver al otro lado del camino hacia Jabes de Galaad, ciudad a la cual llegaron hombres valientes para llevarse los cuerpos de Saúl y de sus hijos para darles digna sepultura.

Preguntas de estudio

  1. ¿Por qué el escudero del rey Saúl se negaría a matarlo?
  2. ¿Por qué Saúl quiso poner fin a su propia vida y no dejar que lo hicieran los filisteos, como sucedió con sus tres hijos y tantos israelitas?
  3. ¿Qué mensaje trató de dar a entender el ejército filisteo cuando colgó en el muro los cuerpos de Saúl y de sus hijos? ¿Quién se enojaría con un acto semejante?
  4. ¿Por qué los hombres de Jabes de Galaad arriesgaron sus vidas para recuperar y sepultar los cuerpos de Saúl y de sus hijos? (Encontrará una razón en 1 Samuel 11:1-11).

Reflexión

La derrota y muerte de Saúl fueron la culminación de un largo período de deterioro personal y espiritual a medida que su obstinación aumentó más y más. Los amigos de La Fraternidad que visitan Beit She’an y oyen el relato de esta trágica historia, le dirán que el deceso de Saúl constituye un crudo recordatorio de nuestra necesidad de vivir siempre cerca del Señor y de no permitir que las circunstancias ni nuestros deseos nos lleven a adelantarnos al Señor.