Lectura bíblica: Isaías 36:1-39:8

Esta histórica sección de Isaías registra los sucesos que con tanta frecuencia ha mencionado el profeta. La llegada de los capitanes asirios a las puertas de Jerusalén y su arrogante desafío a Ezequías y al pueblo de Judá constituyen un ejemplo clásico de intimidación. Desde una perspectiva humana no se trataba de amenazas vanas. Los asirios ya habían sometido a docenas de ciudades de Judá, y parecía no existir alguien capaz de detenerlos. El comandante asirio sabía dónde dar sus golpes. Se burló de la capacidad del ejército de Judá para ofrecer resistencia, se mofó de su confianza en Egipto e incluso intimó que la caída de Jerusalén ante su ejército era voluntad de Dios (36:810).

Es indudable que Ezequías hizo lo correcto al buscar a Dios con ropas ásperas como muestra de su angustia y humildad. Y puesto que, en última instancia, el desafío de Asiria era en realidad un ataque contra el Dios de Israel, el Señor contestó las oraciones de su pueblo de manera prodigiosa: acabó con el ejército asirio sin intervención humana alguna (37:3638), e incluso propició la muerte prematura de Senaquerib. Ezequías volvió a recurrir a la oración cuando cayó enfermo de muerte, y Dios le envió a Isaías con las gratas noticias de más años de vida para el rey. La insensatez y el orgullo de Ezequías cuando mostró sus tesoros a una delegación de Babilonia se convirtió en el escenario para una profecía de la conquista futura y el exilio de Judá a manos de Babilonia (39:57).

Preguntas de estudio

  1. ¿Por qué el copero mayor asirio no aceptó la solicitud para que hablara a los oficiales de Ezequías en arameo en lugar de hebreo?
  2. ¿A quién se ofendía más con los insultos y amenazas de los líderes asirios (37:46)?
  3. ¿Por qué el mensaje de Dios para Ezequías acerca de su recuperación menciona a David, antepasado de Ezequías?
  4. ¿Por qué piensa que Ezequías estaba tan ansioso por mostrar su tesoro a los babilonios que lo visitaron?

Reflexión

Las palabras de Dios para Ezequías «He oído tu oración y he visto tus lágrimas» (38:5) son un maravilloso recordatorio de que Dios oye y contesta nuestras oraciones. Él está atento a nuestras preocupaciones y es compasivo; nuestro llanto lo conmueve. Y lo mejor de todo es que Él tiene el poder para suplir todo lo que necesitamos.