Lectura bíblica: Isaías 45:1-47:15

Nuestro tercer y último estudio sobre la profecía de Isaías empieza donde terminó el anterior: con una mirada profética a la manera en que Dios se valdría de Ciro, rey pagano de Persia, para llevar a cabo sus propósitos de liberar a Israel de la cautividad en Babilonia y de juzgar a los opresores de su pueblo. De hecho, el lugar que Ciro ocupó en el plan soberano de Dios fue tan importante que el Señor no solo lo llama su «pastor» (44:28), sino también su «ungido», que literalmente significa «mesías» (45:1). Sin embargo, en el mismo pasaje Dios dijo acerca del monarca persa: «tú no me has conocido» (v. 5). Fue un instrumento sin proponérselo, como lo deja claro la historia en los anales mismos de Ciro donde él atribuyó a sus ídolos su victoria sobre Babilonia.

No debería asombrarnos que los caminos de Dios sean misteriosos. Él exalta y humilla a quien quiere. El resto del capítulo 45 es una declaración de la singularidad, el poder y la gloria del Señor como el único Dios verdadero y Creador. Pero Él no es una Deidad encubierta que no se deja conocer de sus criaturas, sino el «Dios de Israel, que salva» (45:15) y cuyo deseo es que su pueblo experimente abundante salvación y justicia. Y puesto que Dios es justo y recto, Él juzgará a sus enemigos. Lo que sigue en Isaías 46–47 es una predicción del temible juicio contra Babilonia que se cumplió 150 años después, en el 539 a. C., cuando Ciro conquistó el imperio babilónico y emitió el decreto que permitió a los judíos regresar a Jerusalén y reconstruir el templo.

Preguntas de estudio

  1. ¿Por qué se refirió Dios al rey Ciro como su «ungido» o mesías (45:1)?
  2. ¿Por causa de quiénes llamó Dios a Ciro a derrotar a los babilonios?
  3. ¿Cuál es la gran diferencia entre los dioses de Babilonia y el Dios verdadero que presenta Isaías 46:14?
  4. ¿Cómo podríamos resumir el mensaje de Isaías 45-47?

Reflexión

El maravilloso cuadro que Dios presenta en Isaías 45 de su poder creativo y autoridad nos resulta muy útil como recordatorio de que somos las criaturas, y no el Creador, quienes debemos inclinarnos en humildad y obediencia ante el Señor.