Lectura bíblica: Jonás 3:1-4

Ya en alguna playa del mar Mediterráneo, Jonás tuvo que haberse alegrado mucho de poder ver de nuevo el sol. Milagrosamente, Dios había salvado la vida del profeta por una razón, que de seguro Jonás sabía, pero que Dios se la confirmó cuando lo llamó «por segunda vez» (v. 1).

Esta vez Jonás obedeció sin titubear, aunque sabemos que en el fondo de su corazón aún no estaba muy deseoso de ayudar a salvar de la destrucción a los ninivitas. Jonás había sido castigado y estaba arrepentido, pero aún era un israelita fiel. Nínive era el centro de un imperio hostil, y los asirios eran ampliamente conocidos por su crueldad con sus enemigos.

Pero a pesar de la fuerte opinión que Jonás tuviera, él sabía que la obediencia a Dios era el único camino por seguir después de haber recobrado la vida. Así pues: «Jonás se levantó y fue a Nínive» (v. 3). Era una ciudad tan grande que al parecer, según la Biblia, tenía unos 100 kilómetros de circunferencia. Se nos dice también que era muy poblada. Podemos imaginar el sentimiento de disgusto de Jonás, y seguramente su asombro, al caminar por las calles de Nínive proclamando el mensaje de Dios.

Preguntas de estudio

  1. ¿Cuál es la diferencia entre el llamado de Dios a Jonás en 3:2 y el de 1:2?
  2. En todo el libro de Jonás dice que Nínive era «una gran ciudad» (1:1; 3:2; 4:11). ¿Qué mensaje estaba Dios tratando de comunicarle a Jonás?
  3. ¿Cómo hizo Jonás para ministrar a gente que en realidad a él no le importaba?
  4. ¿Por qué era el arrepentimiento de Nínive tan importante para Dios?

Reflexión

Al contemplar nosotros el mundo que nos rodea, podemos aprender de Jonás una lección muy valiosa. Quizá no veamos ninguna posibilidad de arrepentimiento ni bondad entre las personas cuyas obras son malignas, pero tenemos que recordar que en ellas reside el potencial para el bien. Nuestra actitud hacia los demás debería reflejar el deseo de Dios de evitar el juicio.