Lectura bíblica: Malaquías 2:1-9

Los sacerdotes de Israel en la época de Malaquías recibieron la reprimenda directa de Dios a través de la pluma del profeta. Habían sido acusados de ser desdeñosos con el nombre de Dios y de ofrecerle sacrificios inmundos (1:6-7). El Señor tuvo palabras muy duras para estos miembros del sacerdocio levítico quienes tenían la responsabilidad de enseñar a Israel los mandamientos y decretos de la Tora (la ley de Moisés). La maldición que Dios pronuncia contra los sacerdotes y el pueblo es parte de las maldiciones que pronuncia la ley de Moisés contra los que no la cumplen. Ya Dios había pronunciado una maldición contra el sacerdocio porque sus siervos habían decidido en sus mentes y corazones desobedecerle.

La intensidad del descontento de Dios se indica por la palabra «mandamiento» en los versículos 1 y 4. En otras palabras, Dios les dice: les prohíbo que sigan ofreciendo en mi altar estos sacrificios profanos. La maldición que estaba sobre los sacerdotes se extendería hasta la futuras generaciones si ellos no se arrepentían y obedecían. Dios quería que su pacto fuera uno de «vida y paz», pero los sacerdotes en tiempo de Malaquías habían convertido las bendiciones de Dios en maldición. En vez de haber apartado a «muchos del pecado» más bien habían llevado a mucha gente por el mal camino porque no habían sido fieles mensajeros del Señor. Dios los acusaba de no haber preservado el verdadero conocimiento de Él y de romper el pacto que Él había hecho con Leví. Por esto serían finalmente despreciados y humillados ante los ojos del pueblo.

Preguntas de estudio

  1. ¿Por qué era importante para Dios corregir a los sacerdotes de Israel?
  2. ¿Por qué menciona Dios en dos ocasiones su pacto sacerdotal con Leví?
  3. ¿Cuál falta de los sacerdotes de Israel era particularmente preocupante para el Señor?
  4. ¿Por qué los sacerdotes no debían mostrar parcialidad con respecto a la ley?

Reflexión

Después de leer Malaquías 2:1-9 podemos ver, por un lado, por qué los sacerdotes del antiguo Israel eran dignos de la censura, y por otro, no darnos cuenta de que nosotros podemos caer en las mismas faltas. Al final todo depende de la actitud de nuestros corazones: si tenemos un deseo sincero de servir y agradar a Dios o si buscamos enaltecernos a nosotros mismos aunque sea a expensas de los demás.