Lectura bíblica: Zacarías 8:1-23

Este capítulo es una descripción maravillosa de la paz y la bendición futuras para Israel. Aunque tras el exilio en Babilonia «la tierra [de Israel] fue desolada» (Zacarías 7:14), era imposible que permaneciera así. El pacto de Dios con Abraham y sus descendientes es un pacto eterno que alcanzará su plenitud en la era mesiánica. Jerusalén volverá a ser el centro del mundo, un lugar de paz y de seguridad donde la gente gozará de larga vida y los niños jugarán en las calles sin temor de sufrir daño alguno. Esta profecía de bendición futura incluía a los judíos que regresaban a Israel, y de ella y de su cumplimiento somos testigos hoy.

La profecía también tenía un propósito inmediato: instar al pueblo en días de Zacarías a terminar de construir el segundo templo que se había comenzado hacía casi veinte años. El templo es el punto clave de las promesas que leemos en este capítulo acerca de la posición de Israel como una bendición para las naciones. Así como Israel ha sido objeto de menosprecio para las naciones y un chivo expiatorio para los males del mundo, en el día del Mesías, Israel y su templo reconstruido atraerán al mundo, pues gentes de todas partes acudirán a Jerusalén para adorar. Más aún, las naciones se darán cuenta de que la bendición les espera en Israel, entonces acudirán a los judíos para recibir ayuda en su búsqueda del Señor.

Preguntas de estudio

  1. ¿En qué sentido quería decir Dios que la restauración de Israel no parecerá «imposible» para Él (v. 6)?
  2. ¿Qué promete Dios al pueblo de Israel en los versículos 7 y 8?
  3. ¿Por qué los diversos ayunos que observaron sus ancestros (v. 19) se convirtieron en fiestas para Israel en los días posteriores?
  4. ¿Qué importancia tiene el versículo 23?

Reflexión

La traducción del término empleado en Zacarías 8:2 en relación con Dios por «celo» tiene que ver con un término arcaico que expresa un hecho muy contemporáneo: que Dios no solo anhela con vehemencia la fidelidad de su pueblo, sino que su cometido es provocarla y, además, su gran deseo es bendecir en vez de juzgar.