Lectura bíblica: Éxodo 19:1-25; 34:1-5, 27-35

No es posible exagerar la importancia de la ley —la Tora— que Moisés recibió de Dios en el monte Sinaí (cuya ubicación exacta es incierta, aunque muchos creen que se encontraba al sur de la península de Sinaí). Fue allí donde los israelitas llegaron a ser una nación, unida bajo la ley de Dios y el liderazgo de Moisés. Cuando Israel acampó en el desierto de Sinaí, Dios se preparó para darles su santa Palabra. Un midrashjudío (un comentario al texto bíblico) parece indicar que el mundo entero, incluso todos los animales y las aves, oyeron la voz de Dios cuando le dio los diez mandamientos a Moisés. Tanto judíos como cristianos creen en la validez eterna de los mandamientos.

También fue en Sinaí donde Dios estableció una relación con Israel que sigue fuerte hasta hoy. La fuerza de dicho encuentro entre Dios y el hombre se evidencia en el hecho de que el rostro de Moisés resplandecía y brillaba cuando descendió del Sinaí para entregar la Tora al pueblo. Debido al pecado del pueblo al adorar el becerro de oro (Éxodo 32), Moisés tuvo que volver al monte para recibir nuevas tablas de piedra. Sin embargo, su rostro resplandeciente dejó en claro que Dios lo había aceptado. Los israelitas temían acercarse a Moisés, y él tuvo que cubrir su rostro con un velo en presencia de ellos, y lo retiraba sólo para entrar en la presencia de Dios.

Preguntas de estudio

  1. Explique por qué las instrucciones de Dios para los israelitas concernientes a su conducta en el Sinaí fueron tan estrictas, y aun severas.
  2. El Señor dio a Israel otra oportunidad de recibir la Tora y de vivir conforme a ella. ¿Qué esperanza nos ofrece esto en nuestra relación con Dios?
  3. ¿Por qué resplandecía el rostro de Moisés cuando descendió del monte Sinaí?
  4. ¿Por qué cree que el pueblo tenía miedo de Moisés cuando bajó del Sinaí?

Reflexión

La Biblia dice con claridad que Moisés era diferente porque estuvo con Dios. Aunque nosotros no hablemos con Dios «cara a cara» como lo hizo Moisés, sin embargo, también debemos ser diferentes  después de haber estado en la presencia majestuosa y santa de Dios.