“Ellos cuidan de nosotros aquí”

Para muchos de los ancianos y sobrevivientes del Holocausto que visitan el Comedor Comunitario Mana Hama, apoyado por La Fraternidad, este lugar es mucho más que un comedor de beneficencia. Vienen aquí para encontrarse con amigos, sentirse aceptados y pasar tiempo hablando y jugando cartas. Los ancianos comparten los años que les quedan con la gente con la cual tienen afinidad. Para las personas que se encuentran en medio de una crisis financiera y casi no tienen que comer, este apoyo es vital. Basado en Ashdod, el comedor de beneficencia ofrece comidas calientes a aquellos que visitan en persona y también entrega comidas a los que están confinados a la casa.

Muchos de los ancianos que vienen al comedor de beneficencia, apoyado por La Fraternidad, viven solos en pequeños apartamentos deteriorados de una sola habitación. No tienen alimentos en sus neveras, y desgraciadamente ningunos visitantes con los cuales hablar o compartir los momentos de la vida. La mayoría de ellos también son inmigrantes. Se sienten desesperados por estar en la compañía de otros ancianos que hablan su idioma y comparten el mismo trasfondo social y las mismas luchas. Aquí encuentran una comunidad de apoyo. Sólo pregunte a Valentín.

Valentín vacila antes de quitar sus gafas de sol demasiado grandes, a pesar de estar bajo techo y de ser la única persona en el Comedor Comunitario Mana Hama que lleva anteojos oscuros.

Se puede entender su renuencia; el ojo derecho de Valentín está cicatrizado e invidente.

Valentín nació en Bielorrusia. Tenía siete años de edad cuando su padre alistó en el ejército soviético para pelear contra los nazis invasores. Cuando las fuerzas nazis invadieron a su pueblo, bombardearon la casa de la familia. Valentín sobrevivió, pero fue gravemente herido en la explosión. Fragmentos metálicos cegaron el ojo derecho. Su madre le arrastró a un refugio improvisado, donde ella y Valentín, muy traumatizado, esperaron hasta que se terminó el ataque.

Su padre nunca regresó de la guerra, así que Valentín empezó a trabajar como obrero metalúrgico. Después de casarse, él y su esposa se adaptaron a una vida de pobreza en Minsk. En 1995, ellos decidieron hacer aliyá (inmigrar a Israel).

Cuando llegaron, Valentín aceptó un trabajo como barrendero de calles en Tel Aviv. Después de toda una vida de subsistir a duras penas, esta pareja ahora lucha aún más para llegar a fin de mes. Su situación económica es muy seria.

A los 87 años de edad, él no puede trabajar. Su esposa, que ahora tiene 82 años, casi no puede moverse, y luego de una caída está en el hospital por tiempo indefinido. Todos los días por los últimos 15 años, Valentín ha usado la poca plata que tiene para tomar el autobús a Mana Hama, donde come su almuerzo y luego lleva comidas a casa.

“No sé qué haríamos sin este lugar”, dice Valentín. “¡Gracias! Ustedes hacen posible que aquellos que padecen hambre reciban comida. Este es un lugar maravilloso. Ellos cuidan de nosotros aquí”.