Un sacrificio de ignorar

(Foto: flickr/pierrejanineh)

Los israelíes son un pueblo orgulloso y persistente, lleno de vida y determinación. Si usted visita Israel, experimentará esta verdad casi dondequiera que vaya: caminando por la calle, comprando en el mercado, montándose en autobús.

Sin embargo, escondido justo debajo del orgullo hay algo más quieto y sobrio, que es de igual importancia para la identidad israelí; es el conocimiento pleno de la inversión, pérdida y sacrificio personal que cada israelí de una u otra forma ha hecho por su país.

Uno puede ver esto en la mirada distante en los ojos de una madre cuando se anuncia el funeral de otro soldado. Lo puede ver en los abrazos que un padre da a su hijo vestido del uniforme verde del ejército en el terminal de autobuses. O, en mi caso, lo puede ver en un roble simple del vecindario.

Yom Hazikaron es una festividad anual en la cual honramos a nuestros soldados caídos. Es un día cuando se nos obliga confrontar el sentido de sacrificio que a veces es ocultado por nuestras sensibilidades resueltas y progresistas.

Por ejemplo, este año miré fijamente al mismo roble que veo todos los días. Se encuentra afuera de mi casa, un roble altísimo con ramas que dan sombra a un banquillo debajo del mismo. Mis hijos juegan allí. A menudo las personas en un paseo se detienen para descansar y admirarlo. Pero este año, la pequeña inscripción en el banquillo, que dice “Amos: 1962-1982”, fue imposible de ignorar.

Para mi vecina, Yudit, la inscripción es grande, obvia e imposible de pasar por alto todos los días. Este recuerdo es para su hijo menor, Amos, su “bebé” como lo llama. Amos murió en combate durante la primera Guerra del Líbano de 1982. Tenía veinte años de edad.

Yudit ha vivido en la misma casa por más de 50 años, y desde que nos mudamos al lado, ella ha sido prácticamente una abuela para nuestros hijos. Ellos aparecen sin avisar y se dirigen directamente a su gaveta de dulces, que ella mantiene abastecida específicamente para tales visitas. Les da la bienvenida con una sonrisa radiante, como nos da a todos nosotros.

En un determinado momento, el árbol podría haber sido cualquier otro árbol para ella también. Pero desde ese día en 1982, cuando perdió a su hijo menor y se colocó una placa en el árbol para honrar su memoria, sirve como un recordatorio doloroso de la pérdida que ella experimentó y que sigue siendo parte de su vida todos los días.

Cada año en Yom HaZikaron, nuestra calle se llena de automóviles y visitantes que expresan sus condolencias a la madre acongojada. Los amigos de la infancia de Amos, miembros de la comunidad y los soldados con los cuales él sirvió pasan a visitar.

Sé que escenas similares ocurren en todo Israel en Yom HaZikaron. Nuestro país es pequeño, y casi todo el mundo ha sido afectado de una manera u otra por los sacrificios que hemos hecho para vivir en libertad. Es esa camaradería que hace que Yom HaZikaron sea una festividad tan dolorosa, pero importante. Nos obliga a todos a detenernos, pasar de visita, expresar nuestras condolencias y reconocer las pérdidas que nos han permitido ganar tanto.

Por esa razón, en este país que de lo contrario es ruidoso, orgulloso y bullicioso, algo tan simple como un roble le puede parar en seco y hacer reflexionar en aquellos que dieron su vida para que nosotros podemos vivir la nuestra.