Encontrando a los olvidados

El judaísmo enseña: “Él que salva a una vida, es como si salvara a todo el mundo”. Valoramos enormemente a cada vida, desde las más fuertes hasta las más débiles, las más ricas a las más pobres y las más jóvenes a las más ancianas. Cada vida es preciosa y cada persona es inestimable.

En mi trabajo con La Fraternidad, regularmente viajo a la antigua Unión Soviética. Las personas que ayudamos allí no tienen a nadie más que se preocupe por ellos, nadie más que les provea la asistencia vital que necesitan desesperadamente.

Mucha gente no conoce acerca de estos ancianos sobrevivientes del Holocausto. Es bastante difícil localizarlos, y mucho menos viajar a sus pueblos pequeños y remotos para proveerles ayuda. Es muy fácil que estos judíos desaparezcan. Muchas veces así sucede y viven sus últimos días en pobreza y soledad. Sin embargo, como me enseñó mi querido padre, el rabino Eckstein, debemos hacer nuestro mejor esfuerzo por sustentar a estas personas, ya que cada una representa un mundo entero.

Cada vez que viajo a la antigua Unión Soviética, me siento un poco nerviosa. Algunas de las duras realidades que encuentro allí son difíciles de presenciar. Mis viajes nunca son fáciles. No me quedo en grandes ciudades como Kiev o San Petersburgo, sino en pueblos pequeños y aislados que parecen como si fueran del tercer mundo. Viajo por horas, a veces en caminos no pavimentados, para llegar a las aldeas donde La Fraternidad ha localizado judíos en extrema necesidad.

En uno de mis viajes, visité a una anciana sobreviviente del Holocausto, llamada Olga, que vivía en una de esas aldeas. Después del Holocausto, cuando se enteró que su familia entera había sido exterminada, ella decidió mudarse de nuevo al pueblo donde fue criada y vivir el resto de su vida en aislamiento.

Era puro invierno y me sentía congelada, aunque tenía un abrigo y un sombrero calurosos. Cuando llegué a la casa de Olga, me quedé atónita al saber que esta mujer anciana y frágil estaba viviendo sin calefacción. Su estufa de leña, que era su única fuente de calor, estaba rota. La única comida en la casa era un frasco de remolachas en vinagre, lleno de gusanos. Su única agua había sido sacada de un pozo antes del invierno. Se encontraba en un balde, totalmente congelada e inusable.

Olga estaba acostada en su cama, cansada y débil. Parecía que no iba a vivir mucho tiempo. Hasta ese invierno, no habíamos escuchado de Olga o su situación porque siempre había podido sobrevivir por sí misma… apenas. Ella sembraba sus propias verduras y las conservaba en vinagre para el invierno, cortaba leña para la estufa y sacaba agua del pozo. Este era el primer invierno que ya no podía salir adelante por su propia cuenta.

En nombre de La Fraternidad, llevé una nueva estufa y mucha comida a Olga. Le expliqué que eran donaciones de parte de cristianos alrededor del mundo que la aman. Olga lloró con alivio, tanto porque necesitaba la comida tan desesperadamente como porque vino de personas que jamás había conocido, personas que no la dejarían desaparecer. Olga me dijo que esta fue la primera vez en décadas que ella no se sentía olvidada. Aunque tenía más de 90 años de edad, Olga todavía se refería a sí misma como una huérfana. El trauma de ver a sus padres asesinados y la tristeza de vivir su vida sola y olvidada, todavía la agobiaba. Ella se sintió sobrecogida por el amor y apoyo de la comunidad cristiana hacia una anciana judía como ella.

La historia de Olga no es poco común. Literalmente hay decenas de miles de ancianos sobrevivientes del Holocausto por toda la antigua Unión Soviética que se encuentran completamente solos y necesitan ayuda desesperadamente. ¿Alcanzaremos a todos ellos antes que sea demasiado tarde? No lo sé. Pero puedo prometer que nunca dejaremos de buscar y cuidar de estos judíos olvidados. Significan tanto para nosotros.