La bendición de la alegría

Shalom:

De los cientos de proyectos que La Fraternidad apoya en todo Israel, aquellos que ayudan a los ancianos siempre han estado más cerca de mi corazón. Las personas que servimos son héroes del pasado, muchos de ellos sobrevivientes del Holocausto, ex soldados que lucharon en las primeras guerras de Israel, individuos que ayudaron a establecer y desarrollar Israel, y otros que escaparon de países donde había persecución, para construir una nueva vida en Tierra Santa.

Estoy muy agradecida con Dios porque La Fraternidad se ha convertido en su familia y puede brindar consuelo y ayuda vital a estas personas santas en su etapa final de vida, especialmente aquellos que no tienen a nadie más que cuide de ellos.

Recientemente fui a visitar un club de ancianos, apoyado por La Fraternidad. Puede que esto no suene como “ayuda vital”, pero para la mayoría de ancianos que asisten fielmente todos los días, lo es.

El día de mi visita, había alrededor de 25 mujeres de 70 años o más, que habían venido al club a pasar el día. Desde el exterior, estas mujeres parecían como cualquier otro grupo de su edad. Sin embargo, a medida que las iba conociendo, me enteré que cada una tenía una historia extraordinaria de lucha y fe para contar.

Raquel vino a Israel por cuenta propia desde Túnez cuando tenía más de 70 años. Hava escapó de Irán a caballo y sólo un milagro le permitió llegar a Israel. Rena vino de Turquía para hacer realidad su sueño de vivir en Israel.

Lo que todas estas mujeres de tan diversos orígenes tienen en común, es que el club de ancianos de La Fraternidad les ha proporcionado una comunidad, un grupo de personas que se sienten como en familia. Es un lugar donde pueden ir todos los días, un lugar donde son amadas, un lugar donde alguien llamará si no se presentan. Sin este programa, estas mujeres estarían en casa a solas. No tendrían esperanza.

Una de las formas en que La Fraternidad ayuda a estos ancianos es brindándoles actividades diarias. El día que estuve allí, las mujeres comenzaron la mañana con una clase de arte, lo que las motiva a usar su mente y creatividad. La clase fue seguida por una actividad de baile, que promueve el movimiento y la alegría. Cuando comenzó la música, vi a estas mujeres cobrar vida, cantando y bailando con mucho entusiasmo y felicidad.

Me uní a las mujeres, bailando y disfrutando el momento. Realmente me sentí como en familia. Hacia el final de la actividad, cuando estaba bailando con una de las mujeres, empezó a sonar una canción sobre Israel. Ella dejó de bailar y, con lágrimas en los ojos, me miró con cariño y dijo: “Amo a la tierra de Israel de la misma manera que amo a mi propia familia. Sufrí mucho para llegar hasta aquí, pero todo valió la pena”. Aquellas eran lágrimas de alegría.

Mientras miraba a estas mujeres tan llenas de vida y felicidad, pensé en las innumerables visitas que he hecho a ancianos confinados en sus casas que necesitan lo básico para sobrevivir, y en las lágrimas de alegría que derramaban cuando les daba medicinas, comida o una manta cálida.

La casa a menudo puede sentirse como una prisión aislada para estas mujeres mayores, por lo que están encantadas de que les hemos proporcionado un lugar tan divertido y amigable donde ir. La Fraternidad es una cuerda de rescate para muchas personas necesitadas, y sólo Dios sabe cuántas vidas salvamos cada día.

Pero mi experiencia en el club de ancianos me enseñó algo más sobre ayudar a las personas mayores. Si bien es esencial darles vida a los ancianos, también es importante darles una razón para vivir. Las experiencias positivas que brindamos a los ancianos son, en cierto modo, tan importantes como los alimentos que llevamos a sus hogares. Como dice Proverbios 17:22: “El corazón alegre es una buena medicina”. Oro para que la alegría que compartimos con los ancianos les sustente durante muchos años.

Yael